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Cosas que mi hijo nunca conocerá

Como nació esto? y... hablando con Violeta, nos dimos cuenta que hay un montón de cosas que mi hijo jamás conocerá, cosas que eran lo común en un chico de barrio de la edad del mío hace 40 años...
Primero que todo, tener amigos de barrio, de la cuadra, a lo sumo de la vuelta de la casa, que no son los mismos compañeros del colegio de la zona, son los del barrio, las cuatro manzanas llamadas barrio, esos atorrantes que juntaban ramas para las fogatas de San Juan y San Pedro, mangueaban chorizos en el frigorífico para el asado de esa noche, comprábamos con chirolitas las batatas en la verdulería de Pinino para poner junto al fuego, purretes que se la pasaban rompiendo a las viejas para que le den algo para armar el muñeco que coronaría la fogata y que bautizaríamos invierno.
Las veces que le habremos robado a la vieja una media para hacer una pelota de trapo, porque lo importante era el juego. Las pelotas de cuero las veíamos solo en las vidrieras y eran inalcanzables. Jugar con zapatillas de lona era el común, aunque muchas veces jugamos en patas, porque con los Skipy (unas sandalias de moda por el precio, plásticas y de una duración efímera), era ligarse un tirón de orejas. Jamás en mi infancia pude calzarme un botín de fútbol.
La casita del árbol, donde probábamos el primer pucho afanado a alguno de nuestros viejos, también era el  lugar donde ojeábamos alguna revista de adultos, que con suerte podíamos ver un escote generoso o la forma de una cola femenina enfundada en ropa ajustada.
Las horas empleadas en el armado de autitos rellenos de plastilina o masilla, con una cucharita o bolita como ruedas delanteras. O cuando recibíamos de regalo esos jeeps de plástico ordinarios, a los que le inventábamos una suspensión con una ballenita (si lee esto un chico, habrá que explicarle que es una ballenita) y con un fierrito caliente le estirábamos el agujero del eje, para que tenga recorrido y le soldábamos la ballenita a la carrocería con el mismo fierrito caliente por debajo del eje.
Bolitas, las veces que habremos recibido más de un coscorrón por el estado deplorable de los farwest (vaquero con paño cuadriculado interior) a la altura de la rodilla, por jugar al "hoyo y quema" con las bolitas japonesas, los bolones y la lechera, que en breve tiempo asomaba la rodilla por el pantalón que era remendado con un "cuerito pitucón" de variados colores de cuerina.
Los barriletes de papel de diario cuando no se conseguía la chirola para comprar el "papel de barrilete", con engrudo, y cola de trapo, nos costaba conseguir las cañas y el piolín. Las cañas solo las conseguíamos en los terrenos del ferrocarril detrás de la estación, pero había que cruzar la avenida, cosa prohibida y castigada con la pena más grande que había, no salir a la calle.
Jamás podrá hacer un barquito de papel los días lluviosos y sumergirlo en la cuenca del cordón de la vereda y el torrente que producía la precipitación, saltando los escollos de los adoquines en desnivel, perderse en la boca de la alcantarilla maldita.
O recorrer durante casi un año, cuanto taller mecánico para conseguir cuatro rulemanes que pasarían a formar las ruedas de nuestro carrito, con dirección a piolín y con frenos skipy, que terminaban quemándonos los pies en las veredas lisas... o engancharnos a la bici que nos hacía de locomotora. Cuanta curita habrá gastado mi vieja en esa época?
Los juegos de carnaval a puro baldazo de agua, o a lo sumo con una cacerola, que comenzábamos los chicos y que terminaban sumándose los padres. Y para coronar la fiesta, el baile en el club del barrio, o las quermeses de la Iglesia.
Las escondidas cuando el sol ya se había ocultado en el horizonte (si, horizonte, esa línea que fue reemplazada con edificios) y que la única luz disponible, la entregaba una lamparita en la esquina.
Querer y respetar al policía de la esquina, que ya era como un tío para toda la barriada.
Los partidos de fútbol en el potrero (otra cosa para explicarles, qué era un potrero).
Subirse al carro del lechero sin que se de cuenta el dueño (aunque ya sabía que lo hacíamos) y tratar de mover al caballo que estaba tan acostumbrado que no aceptaba órdenes de nadie más que de su amo, que a medida que entregaba la leche puerta por puerta, le hacía un chasquido con la boca y el caballo avanzaba hasta el próximo recuadro del árbol donde crecía pasto tierno y mientras esperaba se alimentaba.
Éramos los encargados de las compras, el pan y la galleta, al almacén de don José con la libreta negra, o a lo del tano Pinino a comprar frutas y verduras. También íbamos al mercado, frente a la estación, a comprar pollo, que elegíamos de unas jaulas, lo agarraban le cortaban la cabeza y los pelaban en el momento.
Por último, el kiosco que estaba sobre la avenida (Ruta 7 se llamaba), centro de toda nuestra atención, donde cuando le comprábamos los puchos al viejo, nos daban de regalo los fósforos Impacto para el fumador y uno o dos caramelos "media hora".
Y la de cosas que me olvidé... no hablé de la bicicleta, el triciclo o el sulkiciclo (otra para explicar), la lapicera tintenkulen, la spika, los boletos capicúa, el simulcop, que en el barrio solo había un televisor a blanco y negro y que solo había 4 canales y lo peor, para cambiar había que pararse y darle a una llave selectora, el wincofone (y los discos de 48 rpm), el teléfono de auricular en mano y bocina en lo alto de eje principal negro, el tranvía, el trole y el peluquero de barrio que nos cortaba el pelo como la vieja nos pedía, media americana, bien cortito y así lo manteníamos durante años... snif como pasa el tiempo!!!
No, no vivía en la estratósfera, ni en el campo, ni en una ciudad del interior, era acá en la Capital Federal, en Floresta, a una cuadra de Rivadavia sobre la calle Ramón L. Falcón entre Mariano Acosta y Candelaria.
Gustavo
17/02/2006